EL 28 DE MAYO SE CELEBRARÁN MOVILIZACIONES PARA CONMEMORAR LA COMUNA DE PARÍS ‘Plan B’, movimiento contra el austericidio, se extiende por España y por Europa

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El‘Plan B’, la iniciativa que busca la convergencia de la izquierda y los movimientos sociales en Europa en contra del austericidio, se expande por numerosas ciudades españolas y europeas. Si el pasado mes de febrero se celebraron unas jornadas en Madrid que reunieron a algunos referentes políticos de la izquierda del continente, como Yanis Varoufakis, exministro griego de Finanzas,Zoé Konstantopoulou, expresidenta del Parlamento griego, o Eric Toussaint, portavoz del Comité por la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo (CADTM), entre otros muchos, numerosas ciudades del Estado español convocan ahora asambleas y jornadas para propulsar una Unión Europea alternativa y proseguir con la iniciativa. Además, más allá de los Pirineos también se organizan jornadas y conferencias, como la que se celebró en París previa a la de Madrid, bajo el nombre de ‘Plan B’ o con otras marcas, pero con fines similares: una revolución democrática en Europa contra las políticas de austeridad.

Dominio público » Telemadrid, con los pies en el fango

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Enrique Pérez Cabezas
Realizador de televisión y editor de contenidos del blog de comunicación MAIALab.com

La radiotelevisión pública madrileña afronta esta semana un debate parlamentario trascendental para su futuro. Vida o muerte, una vez más. Vida o muerte tras el secuestro: nada más y nada menos. Desde que atraparon su cuerpo las movedizas arenas ideológicas de Esperanza Aguirre,  por las que cualquier no afín a su régimen puede ser considerado ‘rojo’, la emisora de la Ciudad de la Imagen se hundió en el fango y no consigue zafarse, no levanta cabeza. Este jueves se presenta ante la cámara autonómica la votación para constituir el Consejo de Administración, resultado de aplicar la nueva Ley de Telemadrid, inventada por Ciudadanos para el PP. Un gran invento. La anterior ley, perfilada a demanda de pasadas mayorías absolutas, no favorecía ya sus intereses. Gracias al tul naranja, el viejo cocodrilo se nos presenta vestido de modernismo y con los labios pintados de independencia (o de despolitización, que algunos quieren que usted piense que viene a ser lo mismo).

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A tele muerta, tele puesta.

A tele muerta, tele puesta   25mar 2016
Roberto Mendès
Editor de MaiaLab, blog de información y comunicación

Si usted no es interrumpido por unos mensajes de Twitter imprescindibles para el mantenimiento de su vida social virtual, por las
modificaciones de estado de Facebook de un desconocido que aparece como amigo o por las conversaciones de WhatsApp de su grupo de compañeros de trabajo que juegan al tenis, quizá pueda sentarse ante su flamante smart tv de 48 pulgadas y comenzar a ver algo que le haga olvidar la reunión de negocios que acaba de mantener por Skype. Por supuesto, tendrá que escoger entre Netflix, la oferta de su proveedor de servicios de telefonía, YouTube y un DVD de alguna serie que compró hace unocartajustes días.

Es cierto que, como decía Neruda, también podemos “pedir silencio” para poder “vivirnos”, que lo contrario es ruido y es muerte: pero también es cierto que muy pocos son los sabios que lo consiguen y alcanzan el anhelado “amor sin fin” que postulaba el poeta chileno. Pero volvamos al ruido cotidiano…

Todo lo anterior pretende demostrar abundantemente el hecho de que la televisión ya no es lo que era y hacernos notar que, de hecho, podemos decir, sin temor a equivocarnos ni ser tachados de líquidos nihilistas o acérrimos posmodernos, que la televisión ya no existe. Al menos la televisión entendida como un canal gratuito por el que se emiten, de forma abierta, contenidos audiovisuales de manera lineal, o dicho de otra manera: la tele de toda la vida. Bien, pues lo que estábamos diciendo es que la tele ha muerto y que estamos de luto por ella desde hace tiempo, porque este terremoto ya se ha producido: no tenemos que aventurar hipotéticos escenarios y ni tan siquiera parece razonable esperar que las cosas se queden como están en los próximos años. Tampoco servirá de nada lamentarnos, recordando entre sollozos qué buena era…

Con este panorama, cumplir el artículo 20 de nuestra Constitución se nos antoja cada vez algo más improbable, especialmente el apartado d), donde se reconoce y protege el derecho “a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”. El problema, curiosamente, radica no tanto en saber qué información puede ser veraz o no, si no en la posibilidad de aplicar lo anterior en  “cualquier medio de comunicación”. Determinar la veracidad de las informaciones es difícil, pero abarcar todos los medios de comunicación existentes y por existir es aún más complicado, aunque no imposible, como pretenden hacernos creer aquellos que se hallan inmersos en la batalla por hacer desaparecer nuestros derechos en su propio beneficio.

En medio de todo este cambio que se acelera por días, surge de nuevo la discusión política sobre la radiotelevisión pública, sobre su dependencia o no del gobierno y del partido en el poder, sobre su financiación y sobre los criterios éticos y deontológicos que deben regirla. Una discusión que, si aceptamos lo que llevamos dicho como válido, se realiza sobre un medio de comunicación que está dejando de existir tal y como lo conocemos.

No es que los esfuerzos por definir cómo debe escogerse un consejo de administración representativo sean inútiles. Tampoco hay que entender que el nombramiento del presidente de una corporación pública de comunicación sea algo que carezca de relevancia o que los esfuerzos por hacer de las empresas de comunicación de capital estatal organismos transparentes y económicamente independientes sea una nadería; ni mucho menos. Lo que ocurre es que si las cosas continúan cambiando al ritmo que lo hacen, cuando seamos capaces de saber cuál es el método de gobernanza que nos parece óptimo para los medios de comunicación de titularidad pública, muchos de ellos habrán desaparecido o serán irrelevantes (dicho sea de paso: parece que esto es realmente lo que algunos pretenden).

Lo que se puede deducir de lo dicho es que, en estos momentos, y dado el panorama tecnológico existente, es urgente redefinir tanto la legislación sobre información y comunicación, como los modelos de medios de información y comunicación de titularidad pública (no bastará con reformar solamente la radio y la televisión públicas). Igualmente, es necesario replantear el sistema de derechos para que garantice, en el entorno tecnológico actual, la información veraz, proteja a la ciudadanía de la publicidad abusiva o inadecuada y facilite su acceso a los medios… Y cuando hablamos de urgencia queremos decir inmediatamente.

Hay que decir que es posible hacerlo y que, aunque muchos pretendan que es imposible, por ejemplo, regular algunos sectores alegando que están más en el cielo que en la tierra y que su ubicuidad hace imposible una regulación legal hay que recordarles que esto no es cierto y que los cables que atraviesan, a veces de manera indecente, nuestros edificios, que inundan los cascos históricos, manchando de negro nuestros pueblos blancos y horadando los ladrillos de edificios protegidos, son bien tangibles y no forman parte de ninguna nube. También son físicas las miles de antenas que emiten a diestro y siniestro ondas radioeléctricas y también es concreto y de titularidad pública ese mismo espectro radioeléctrico. Igualmente son concretos los beneficios de operadores y compañías productoras de contenidos concretos que se depositan en bancos igualmente concretos de países también concretos y, aunque todos entendemos que las páginas de internet de un periódico pueden formarse on the fly, o sea, al vuelo, también somos conscientes de que el vuelo que las forma depende del hardware de algún servidor alojado en alguna parte y que no es una nube la que lo hace.

Por tanto, hay que concluir que es imprescindible aceptar el reto, no solo político y legislativo, sino también tecnológico y organizativo, de ofrecerles a los ciudadanos lo que la constitución les garantiza: una información veraz, un acceso abierto a todos y un comportamiento ético y transparente en cualquier medio  y a través de cualquier canal. Esto implica no solo legislar, sino construir. En este caso construir entre todos un nuevo modelo de información y comunicación pública que sirva exclusivamente a los intereses de la ciudadanía.

La tele ha muerto, sí, pero igual que, según dicen, dijo Felipe V cuando todavía era Felipe de Anjou, al ser advertido por los aduladores de siempre de que se arriesgaba mucho en las batallas de la Guerra de Sucesión española (“Majestad: rey no hay más que uno”), debemos responder que, aunque eso sea cierto, la muerte del rey nunca ha sido un problema, puesto que puede ser sustituido por otro (”A rey muerto, rey puesto” dicen que dijo). En este caso, no debemos caer en la falacia de que la muerte de la tele, tal y como la conocemos, impide disfrutar de nuestros derechos y que su desaparición hace imposible crear un nuevo modelo de información y comunicación pública; ni mucho menos: eso lo dicen los mercaderes de la información, los que solo ven en esa necesidad básica de las personas una posibilidad de enriquecerse. La ciudadanía más bien debe responder a esa amenaza diciendo que ningún operador de telecomunicaciones es imprescindible y que es urgente construir un nuevo modelo de información y comunicación pública; es decir, que a tele muerta, tele puesta. Así defenderá dos elementos básicos para el ejercicio de la opinión y la calidad democrática: su derecho a una información veraz y su acceso a los medios de comunicación públicos.

CERCA DE LA MITAD DE ESPECTADORES EN ESPAÑA YA CONSUME “TELE” A LA CARTA

Fuente: Nielsen España

http://www.nielsen.com/es/es/press-room/2016/Cerca-de-la-mitad-de-espectadores-en-Espania-ya-conusme-tele-a-la-carta.html

tvmandoMadrid, 17 de marzo de 2016 – La imagen tradicional de sentarse ante la televisión “a ver lo que echan” poco a poco se va diluyendo a medida que surgen nuevas formas de ver contenido audiovisual. Tal es así que un 47% de encuestados en el informe “Vídeo bajo demanda”, elaborado por la consultora Nielsen, ya consumen en algún momento el llamado video on demand, en línea con la tendencia en Europa, donde la mitad ya escoge la “tele” a la carta.

Acceder al artículo completo en la web de Nielsen

RTVE o La comedia de los errores

“Shakespeare ha demostrado que saber qué no es una cosa ya es un aumento del conocimiento. Y que, a fin de cuentas, los errores fundan la verdad”.
C.G. Jung

Cuando Jung decía que, a fin de cuentas, los errores fundan la verdad, lo decía a propósito de La comedia de los errores de Shakespeare pero, claro, para que los errores nos ayuden a encontrar la verdad, primero tenemos que identificarlos como tales. Por el contrario, si pretendemos mantenerlos y no enmendarlos pasaremos de cometer un error a cometer una equivocación y, a medida que vayamos insistiendo, acabaremos convirtiendo la equivocación en desatino.

Eso es lo que muchos hemos creído que ocurre al ver la proposición de ley que el PSOE presentó el 14 de enero en el Congreso. En ella se formula una propuesta para la modificación del sistema de designación del presidente y del Consejo de Administración de RTVE. No está de más recordar que el tema del control del Consejo de Administración y de la Presidencia de RTVE es un clásico parlamentario y un tema habitual al comienzo de cada legislatura. Por eso conviene que hagamos un repaso de lo sucedido en los últimos años en los procesos de elección de los sucesivos presidentes de la Corporación RTVE.

Hasta 2006, ésta se llevaba a cabo directamente por el Consejo de Ministros (en un alarde de política digital postconstitucional), pero ese año el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprueba una nueva ley de la RTV pública que obliga a la elección parlamentaria del cargo por mayoría de 2/3. Después de la aprobación, el 19 de diciembre de 2006, el Parlamento (por primera vez en la etapa democrática), por mayoría cualificada, nombró presidente de RTVE a Luis Fernández.

Tres años duró su mandato, puesto que Fernández renunció a su cargo el 23 de noviembre de 2009, presuntamente por no estar de acuerdo ni con la eliminación de la publicidad como fuente de financiación de la CRTVE ni con la nueva ley de financiación de agosto de 2009, que el mismo PSOE aprobó, ante el estupor de sindicatos y profesionales de la RTVE. El Parlamento reaccionó y, un poco después, de forma también sorprendente y ante las dificultades para encontrar una persona que alcanzara el consenso de los dos tercios, la cámara eligió como nuevo presidente de RTVE a Alberto Oliart. Varias veces ministro y con 81 años en el momento de su nombramiento, Oliart dimite en julio de 2011 por motivos “estrictamente personales”.

Hasta ese momento RTVE mantiene relativamente su audiencia y aguanta el tirón (con muchas críticas desde el PP a propósito de supuestos incumplimientos de imparcialidad). Pero es la gestión de RTVE lo que no acaba de funcionar, principalmente a causa de dos problemas: la inestabilidad económica derivada de las ambigüedades que contiene la ley de financiación y el incumplimiento por parte del Parlamento de sus propias leyes, en concreto el Mandato Marco que exige la ley de la radiotelevisión pública y que, a su vez, implica el desarrollo de los contratos-programa trienales. Por otra parte, el mandato de Alberto Oliart marcó un punto de inflexión negativo desde el momento en que no avanzó en la construcción de la Radiotelevisión pública como un grupo de comunicación estatal estable y consolidado.

Después de este primer fracaso, viene el segundo, también derivado del sistema de elección por dos tercios, exigidos por la ley de 2006: entre julio de 2011 y junio de 2012 (11 meses), el puesto de presidente de la Corporación está vacante porque el Parlamento no se pone de acuerdo, entre otras cosas porque el PP bloquea el nombramiento. Además, hay que aclarar que esto ocurre porque la citada ley no prevé un mecanismo legal que solucione una situación de vacío institucional como esta, de manera que el Consejo de Administración, no consigue remediar la falta de dirección de RTVE.

El 20 de noviembre de 2011 se celebran elecciones generales, que gana el PP, y el 20 de abril de 2012 (5 meses después), el gobierno promulga un real decreto que modifica el sistema de nombramiento del presidente de la CRTVE, permitiendo su designación por mayoría simple en segunda vuelta. Se justifica la modificación alegando la falta de eficacia del sistema de elección anterior, cuando, en realidad, tal ineficacia ha sido provocada por el propio grupo parlamentario del PP que durante once largos meses se enroca sistemáticamente para evitar facilitar un acuerdo que permitiera alcanzar una mayoría cualificada suficiente.

Las medidas legislativas se hacen realidad inmediatamente y, el 4 de junio de 2012, el Parlamento aprueba, por el nuevo procedimiento (mayoría simple en segunda vuelta), el nombramiento de Leopoldo González Echenique como presidente de la CRTVE. Sin embargo, el nuevo presidente tampoco consigue solucionar los muchos problemas de la Corporación. El 25 de septiembre de 2014 Echenique dimite al ser incapaz de obtener financiación suficiente para la CRTVE. Unos días después, el 6 de octubre de 2014, de nuevo el Parlamento, por mayoría simple y en segunda vuelta, aprueba el nombramiento de José Antonio Sánchez como presidente de la CRTVE. Hasta hoy.

Como se puede ver, ningún presidente ha sido destituido y tampoco ninguno ha finalizado su mandato desde que se aprobó la ley de la RTV pública en 2006. Todos han renunciado a su cargo (dos por razones económicas y uno por razones personales). Y, como también se puede entender por lo dicho, la ley de 2006 de la Radio y la Televisión Pública no ha solucionado los problemas que tiene una empresa estatal que debería ser uno de los ejes sobre los que se construya el Derecho a la Información y sirva para alcanzar un sistema democrático avanzado en el que la información veraz esté, de manera gratuita, a disposición de la ciudadanía.

El PSOE plantea ahora más de lo mismo (volver a lo que concibió en la ley de 2006); en lo que puede ser un avance de su política mediática basada, probablemente, en el repetidismo filautista, por lo que podemos pronosticar que obtendremos los mismos resultados (o peores) en la gestión de la CRTVE.

Aún estando de acuerdo en que 2/3 es más que 1/2 y en que, para temas relevantes como RTVE, el consenso es más que deseable, debería responder el PSOE a algunas preguntas que no aclara cuando plantea su proposición de ley: ¿Qué ocurrirá si ninguno de los candidatos propuestos a presidente de la CRTVE obtiene los 2/3 necesarios para ser elegido?, ¿volverá a dejar a la CRTVE sin dirección por tiempo indefinido? (recordemos que en la actual legislatura el PP dispone de más de 1/3 de los votos y que, por tanto, podría bloquear de nuevo, como ya hizo en 2011, el nombramiento del presidente y del Consejo), ¿cree que la financiación de RTVE es estable y suficiente?, ¿supone que está preparada para afrontar el cambio tecnológico que se está produciendo?, ¿ha alcanzado la CRTVE los niveles de transparencia deseables en un organismo público?, ¿responden sus criterios de gobernanza a los de una empresa del Siglo XXI?, ¿cumple sus cometidos como servicio público? Y, ya de paso, el PSOE debería explicar si cree que la elección del presidente y el Consejo de Administración es el único problema al que se enfrentan los medios de comunicación de titularidad estatal. Visto lo visto, parece que no y también parece que estamos en un momento crítico, deverdadero cambio; un momento que no podemos dejar pasar proponiendo modificaciones poco sustanciales o suponiendo que la simple repetición de los errores cometidos los convertirá en aciertos legislativos.

¿Despolitizar Telemadrid? ¡No, gracias!

Roberto Mendès  29/08/2015

El fatalismo de las leyes económicas enmascara en realidad una política, pero completamente paradoxal ya que se trata de una política de despolitización. Esta política aspira a otorgar un dominio fatal a las fuerzas económicas al liberarlas de todo control; tiene como meta obtener la sumisión de los gobiernos y de los ciudadanos a las fuerzas económicas y sociales “liberadas” de esta forma.

Pierre Bordieu, Contra la política de despolitización: los objetivos del Movimiento Social Europeo.

 

Parece que cuando Friedrich Schiller compuso en 1785 el poema que posteriormente utilizaría Beethoven para finalizar su novena sinfonía lo tituló Oda “a la libertad” (An die Freiheit), pero la censura del naciente estado prusiano le obligó a cambiar el título por el de Oda “a la alegría” (An die Freude). Schiller, de todas maneras, se las apañó para dejar claro que la alegría a la que le dedica la oda es la alegría que produce la libertad…

Este es un ejemplo histórico de “despolitización”: Schiller es despolitizado y su oda ya no puede hacer referencia a la libertad en una época en que la libertad está mal vista (casi siempre lo ha estado). Y el cambio “despolitizador” es un cambio clásico: cambiar “libertad” por “alegría”.

No deja de ser chocante que la Unión Europea escogiera una obra “despolitizada” como himno de la Unión. Y es que la “despolitización” es consustancial a la Unión Europea. Pero, para que todo quedase aún más despolitizado, la UE declaró en 1972 que el himno no tiene letra, sólo música… la de Beethoven… así quedaba totalmente “despolitizado”, no fuera a ser que alguno se entusiasmara escuchando la alabanza que hace a la fraternidad el poema de Schiller, de ahí pasara a pensar en la igualdad y que, llegados a ese punto, alguien atisbara la idea de libertad (que es lo que se quiere evitar). No: era mejor dejarlo sin letra. Ni siquiera que mencionara la alegría. Era necesario “despolitizarlo” del todo (aunque la música de Beethoven sea una referencia permanente a la libertad).

En España, antes de entrar en la Europa comunitaria, también hemos “despolitizado” mucho: Pemán despolitizó la poesía (hasta que Celaya, un tecnócrata converso, un ingeniero ingenioso, la volvió a cargar de futuro), los Ozores despolitizaron el cine (hasta que Carlos Saura estrenó La caza) y Lola Flores despolitizó la canción (hasta que Raimon, Llach y Paco Ibáñez nos recordaron que cantar es un actividad política)… En todos los casos, se repite el esquema: cambiar la libertad por la alegría.

Pero “despolitizar” es algo que va mucho más allá de la imposición de la alegría como sucedáneo de la libertad. Así lo han visto muchos pensadores, como Pierre Bordieu, en el artículo de 2001 que mencionamos al comienzo. Unas ideas, las de Bordieu, que vienen muy a cuento de la propuesta del PP y Ciudadanos para “despolitizar” Telemadrid. Todo se conjura con esta palabra: “despolitizar”. Y sin embargo, como muy acertadamente vio Bordieu, esconde mucho más de lo que pueda parecer a simple vista.

Además, es muy llamativo que se proponga, ahora, precisamente ahora, despolitizar Telemadrid. ¿No hubiera sido más coherente plantearlo hace cuatro o cinco o quizá ocho años (la época dorada del Hermanterscherismo )? Pero no: se propone ahora (en el comienzo del Cifuentismo). En el momento en que unos socios neoliberales, como Ciudadanos, comparten poder con el partido político que se ha dedicado, no ya a politizar la radiotelevisión pública, sino a vampirizarla. Quizá sea porque la “despolitización” (como indica Bordieu) implica el ascenso de un nuevo poder: el de las fuerzas económicas y su capataz: la tecnocracia (“Esta política aspira a otorgar un dominio fatal a las fuerzas económicas al liberarlas de todo control”). En esa dirección van los tiros que se van dando.

Se dice por parte de los socios de gobierno de la Comunidad de Madrid que es necesario que sean “profesionales” los que decidan quién será el Presidente del ente público y quienes decidan cuáles serán los consejeros que, a su vez, tendrán un intachable currículum “profesional”. Obsérvese que no se dice “ciudadano” o “ciudadana”, se dice “profesional”… Serán los “profesionales” los que decidan… no la ciudadanía. Parece que Bordieu iba por buen camino… Mejor que decidan los que saben (nos están diciendo los mismos tecnócratas que se apuntan a sí mismos como seres infalibles dotados del conocimiento absoluto y poseedores de la verdad verdadera) y, a fin de cuentas, insisten, ¿Cómo vamos a dejar la información en manos de la gente? ¿Qué serían capaces de decidir?

Todo este proceso de “despolitización” esconde, además, la intención de no entrar en lo que es necesario entrar y de lo que debemos hablar: no se trata de “despolitizar” sino de conseguir que Telemadrid sea un medio imparcial, algo que no ha sido desde su creación (muchos sospechan que ya nació aquejada de parcialidad congénita). Y es que un medio público no debe serparcial, es decir, debe mantener algo que es un concepto acuñado hace mucho tiempo: debe mantener la imparcialidad debida. No se trata de que las personas que trabajan, opinan, escriben y participan en coloquios en un medio de comunicación sean “imparciales”, se trata de que el medio lo sea, equilibrando las diferentes opiniones (entre otras cosas). No se trata de sustituir dependencia gubernamental por dependencia tecnocrática y sumisión a unas supuestas leyes del mercado, sino de conseguir la imparcialidad debida.

Y ya que se habla continuamente de la BBC como ejemplo de imparcialidad, creo que un repaso a los valores editoriales que propone la BBC en su carta constitucional nos dará una referencia clara de lo que nos falta en la discusión actual sobre Telemadrid (y en general en las discusiones sobre los medios de comunicación de titularidad pública). La BBC habla de: Confianza, independencia, imparcialidad y honestidad, de veracidad y adecuación de los tratamientos informativos, así como de integridad editorial, de servir al interés público, de justicia (fairness) y de trato correcto a las personas, de respeto a la privacidad, de transparencia y de rendición de cuentas (accountability). Pero, no habla de “despolitizar” nada…

Es tremendo que se propongan “despolitizaciones” a las personas que, por definición, somos seres políticos (zoon politikón – diría Aristóteles), es decir, se exige que las personas nos despersonalicemos, que dejemos aparte lo que es esencial -ese ser político- y nos convirtamos en un no ser apolítico, al mismo tiempo que, para “compensarnos”, se nos propone unmundo feliz tecnocrático que hace palidecer al de Huxley, en el que los técnicos nos van a decir lo que debemos hacer y lo que no en un triunfo épico de lo técnico sobre lo político.

Es tremendo que la pretensión de “despolitizar” oculte la verdadera discusión que es la de los valores editoriales.

Decía Chesterton que, En el mundo moderno nos enfrentamos sobre todo con el extraordinario espectáculo de la gente que vuelve la mirada hacia nuevos ideales porque no han probado los antiguos”. Algo parecido pasa con Telemadrid: aún no hemos probado cómo es el sabor de una radiotelevisión pública plural, independiente y de calidad, cuando, los mismos que lo han impedido, ya quieren que sea una radiotelevisión pública despolitizada.

La respuesta a semejante propuesta es evidente: no nos despoliticemos; al contrario, politicémonos los unos a los otros y consigamos evitar esa “política de despolitización” que desenmascara Bordieu y que tan claramente quiere aplicar el PP para contentar a sus socios en la Comunidad de Madrid.

A los que quieran hacer uso de esto que acaba de quedar dicho les invitamos a hacerlo: es mejor politizarse que entregarse a la “despolitización política”, esa que pretende la hegemonía de lo económico y lo tecnocrático ante lo humano y lo ciudadano.

El 15M y Podemos son herramientas de politización ciudadana. No de “despolitización”. Su mayor aportación ha sido la politización de la ciudadanía. La gente en las plazas opinando, hablando, proponiendo, ocupándose de lo que les interesa y les afecta… eso debe ser Telemadrid: una plaza pública completamente politizada con todos los ciudadanos y ciudadanas utilizándola para opinar, hablar, y conocer otras opciones diferentes. Eso es lo que quieren evitar. Porque lo que nos plantean es lo contrario: que nos despoliticemos, que nos vayamos a casa, que abandonemos la plaza y que la dejemos en manos de los mercaderes que la ocuparán con su tenderetes en cuanto la abandonemos.

Y es que el problema de Telemadrid no es cómo despolitizarla: de eso ya se ha encargado el PP. El problema de Telemadrid es, precisamente, su despolitización, así que la respuesta a la propuesta de PP y Ciudadanos solo debe ser una:

¿Despolitizar Telemadrid?: ¡NO, gracias!